Un cambio de rumbo necesario.
El post de hoy dejará atrás los resúmenes de libros. Quienes seguís este rincón de reflexión pedagógica y crecimiento personal sabéis que, durante las últimas semanas, he compartido mis anotaciones sobre lecturas que me han marcado. He transitado por Usted se encuentra aquí de Fabián Barrio y he cuestionado nuestros cimientos sobre la naturaleza humana con La tabla rasa de Steven Pinker.
Podría haber publicado un artículo puramente pedagógico sobre lo curricular, o continuar resumiendo mis últimas lecturas. De hecho, tengo varios borradores preescritos y anotaciones profundas sobre libros que deseo compartir contigo, como La vida de Montaigne. Sin embargo, la vibrante actualidad educativa y mi propia necesidad de ordenar mis pensamientos tras las intensas jornadas de trabajo me han empujado a cambiar el rumbo temporalmente. Hoy prefiero centrarme en una reflexión mucho más personal y directa: la excelencia pedagógica.
El ruido en las redes y el eco de los claustros.
Si uno se asoma a las redes sociales, o si escucha con atención en la sala de profesorado durante el fragor de la mañana, es usual encontrar quejas sobre cuán inabarcable es el currículum o sobre la supuesta imposibilidad de implantarlo en el aula. Un ejemplo claro y actual es la tremenda dificultad que representa para los centros educativos articular una FP dual efectiva, con todo el complejo engranaje que supone la formación en la empresa (por cierto, AQUÍ tienes una propuesta de diseño totalmente viable).
Estas quejas no nacen del inmovilismo. Al contrario, surgen de profesionales altamente comprometidos que, a menudo, sienten una profunda frustración al intentar llevar a la realidad ese marco legislativo. Lamentablemente, la sobrecarga burocrática y el asimétrico tablero normativo generan un ecosistema donde lo urgente devora de forma constante a lo verdaderamente importante.
La arquitectura del aprendizaje: Una visión desde la ingeniería pedagógica.
Mi experiencia profesional - primero como docente a pie de aula, luego en el Ministerio de Educación desarrollando desarrollos curriculares, y ahora en la inspección educativa de la Comunidad Valenciana - me ha permitido estudiar exhaustivamente el marco normativo. He analizado la legislación desde la educación infantil hasta el bachillerato y la formación profesional. Toda esta trayectoria me ha otorgado una visión holística; un conocimiento global que va desde el diseño de la norma hasta la perspectiva «a vista de pájaro».
Tras este análisis pormenorizado, puedo confirmar de forma categórica que el marco legislativo está muy bien diseñado. Mi formación de base como ingeniero en organización industrial me dotó de una estructura mental que busca la eficiencia, la planificación estratégica y el trabajo bien hecho. Cuando analizo el currículo desde esta óptica de la «ingeniería pedagógica», no observo un caos ininteligible, sino un sistema perfectamente calibrado. Los objetivos generales, las competencias clave y específicas, y los resultados de aprendizaje guardan una coherencia interna indiscutible. Seguramente podríamos debatir sobre modelos teóricos alternativos, pero la arquitectura que tenemos sobre la mesa es perfectamente válida.
Entonces, si la partitura es técnicamente impecable, ¿por qué la orquesta suena a veces desafinada? La dificultad real estriba en saber interpretarla adecuadamente. El gran reto para los equipos docentes es extraer la esencia del marco legislativo: dejar a un lado las listas interminables de contenidos aislados y abrazar el enfoque competencial. A todo este entramado competencial hay que sumarle, indudablemente, los firmes principios pedagógicos que sostienen nuestras enseñanzas.
De la carga insoportable al horizonte deseado.
El marco normativo actual dibuja una situación ideal: la excelencia. Todo profesional docente, por puro compromiso ético, debe esforzarse por alcanzar esa excelencia organizativa y pedagógica en su día a día.
El error de base en nuestros centros es interpretar el currículo como una implacable lista de tareas mínimas innegociables que debemos tachar frenéticamente. Para nuestra supervivencia y bienestar profesional, es vital dejar de ver esta excelencia como un resultado cerrado al que hay que llegar a toda costa, y empezar a verla como el destino deseado. Es un horizonte utópico hacia el que avanzar, teniendo la inmensa suerte de gozar de autonomía para trazar nuestro propio camino.
Ocurre exactamente igual que al afrontar una etapa exigente de ciclismo de montaña. El mapa es claro y sabemos dónde está la cima. Sin embargo, somos nosotros quienes elegimos el ritmo, la cadencia del pedaleo, las paradas para avituallar y las adaptaciones metodológicas según las irregularidades del terreno.
Se trata de intentarlo una y otra vez con inteligencia y perseverancia, pero siempre con consciencia y equilibrio mental. No es necesario dejarnos la salud en el intento, pero sí esforzarnos genuinamente. Por ello, aunque siento un profundo respeto, desconfío de los comentarios puramente destructivos de quienes critican el marco legislativo sin haber profundizado en él.
El mensaje es claro: no se trata de frustrarse frente al texto legal, se trata de interpretarlo. Debemos asumir que representa una excelencia que, en algunos contextos, conseguiremos de manera brillante, y en otros simplemente no alcanzaremos. Lo verdaderamente transformador es intentarlo con tesón.
La dicotomía de control en el aula.
Llegados a este punto, la pregunta clave es: ¿cómo mantenemos intacta la motivación y la inclusión educativa frente a la adversidad diaria? ¿Cómo damos respuesta práctica al currículum?
Personalmente, por salud y pragmatismo, prefiero ver siempre el vaso medio lleno y esforzarme cada mañana por acabar de llenarlo. Pero si analizo la realidad de una situación problemática determinada y compruebo que es materialmente imposible, aplico sin miramientos la dicotomía de control. En el ecosistema educativo convergen infinitas variables socioeconómicas y normativas que escapan a nuestro margen de maniobra. Frustrarse por no poder abarcar todo el currículo a la perfección debido a estas variables externas es un billete directo hacia el desgaste profesional (burnout).
La filosofía estoica nos ofrece la mejor herramienta: lo que está fuera de mi círculo de influencia directa, simple y llanamente, no me preocupa. Nuestra verdadera zona de impacto reside en la calidad de nuestra programación didáctica, en el enfoque inclusivo para que nadie se quede atrás y en nuestra actitud resolutiva al cruzar la puerta del aula.
Todo lo demás es ruido; ruido que no debe desviarnos jamás de nuestro horizonte.
Feliz finde
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