Hace unos días tropecé con una interesante reflexión del divulgador Sergio Parra sobre la imposibilidad epistémica de la planificación centralizada frente a la superioridad del orden espontáneo. Su argumento central es rotundo: ninguna élite intelectual ni grupo de expertos, por muy brillante y especializado que sea, posee la información suficiente para diseñar o dirigir un sistema social complejo desde un despacho.

Como bien resume una de las afirmaciones clave del texto: «El poder puede concentrarse. El conocimiento, no». Para ilustrar esta limitación, Parra utiliza una metáfora muy gráfica: confiar el timón de un transatlántico a un físico teórico que jamás ha presenciado una tormenta real en alta mar. Acumular datos teóricos no equivale a comprender el conocimiento práctico, disperso y eminentemente local que poseen millones de individuos.

Frente a la rigidez de los diseños verticales, triunfan los sistemas que evolucionan mediante la cooperación descentralizada, el intercambio voluntario y la corrección continua de errores, aplicando el concepto de skin in the game (jugarse la piel) de Nassim Taleb. Ecosistemas complejos como los mercados económicos, el lenguaje, la morfología de las ciudades o proyectos colaborativos como Wikipedia o Linux no responden a un plan maestro por decreto. Son el resultado de una coordinación inteligente de fragmentos de información individual. En estos entornos, la realidad ejerce un feedback inmediato: las malas decisiones individuales se penalizan y corrigen rápidamente, mientras que los errores del diseño burocrático y político tienden a institucionalizarse, generando altos costes estructurales a largo plazo sobre sujetos que ni siquiera participaron en la decisión original.


El ecosistema educativo: ¿mercado libre o diseño garantista?

Llegados a este punto, me planteo una cuestión ineludible: ¿crees que esta reflexión es aplicable a la educación formal? ¿Podría llegar a construirse el currículum del sistema educativo de manera totalmente descentralizada? En definitiva, ¿podría funcionar un modelo sin currículum prescrito, donde cada docente definiera qué enseñar basándose exclusivamente en su conocimiento local y los intereses del alumnado?

Aunque la tesis de Parra es analíticamente impecable para ecosistemas abiertos —donde el error y la selección natural son tolerables—, considero que su lógica resulta inoperante en el sistema educativo formal. La educación obligatoria no es un mecanismo de generación espontánea orientado a la supervivencia del más adaptado. Es un proceso riguroso de optimización del capital humano y una arquitectura que debe garantizar la equidad social y los derechos civiles.

Abandonar el currículum a un modelo de «conocimiento disperso» implicaría eliminar la estandarización de los objetivos de etapa y de las competencias clave. Romperíamos la coherencia de los itinerarios pedagógicos, abriendo brechas sistémicas de desigualdad. Mientras que en un mercado el error individual se corrige con la quiebra, en la educación escolar, la falta de una estructura curricular bien regulada provoca un fallo del sistema que compromete de forma irreversible el desarrollo formativo del alumnado.


La ilusión del docente todoterreno

Por lo tanto, ¿qué ocurre cuando un docente imparte su materia sin conocer a fondo el currículo? ¿Crees que es procedente seguir un libro de texto al pie de la letra para evitar salirse del guion?

A menudo, el profesorado —entre el que me incluyo— cae en la tentación de pensar que conoce perfectamente su realidad y que determinado saber básico curricular no es necesario o procedente en su momento o contexto actual. Nos creemos competentes para decidir sobre el «qué» enseñar. Pero, siendo analíticos y rigurosos, ¿realmente lo somos?

Obviamente, no tenemos esa competencia legal para decidir, más allá del margen de autonomía que se nos otorga para la concreción curricular. Y, lo que es más crítico: tampoco disponemos del conocimiento prospectivo global para tomar esa decisión. ¿Hemos realizado un estudio riguroso sobre las futuras necesidades formativas y productivas de la sociedad? ¿Estamos todos los equipos docentes perfectamente coordinados para evitar redundancias y vacíos en el aprendizaje?


La coherencia estructural del currículum

Soy plenamente consciente de que el currículum está lejos de ser perfecto. Contiene errores, redacciones ambiguas y, en ocasiones, requiere varias lecturas (e incluso pasar el filtro profundo de una inteligencia artificial) para desentrañar qué pide exactamente una competencia específica.

Aun así, en términos generales, su coherencia sistémica y su gradación por etapas son innegables. Para comprobarlo, basta con analizar cómo evoluciona y progresa un mismo objetivo cívico a través de las diferentes etapas formativas:

  • Educación Infantil: Relacionarse con los demás en igualdad, adquirir progresivamente pautas elementales de convivencia, ejercitar el uso de la empatía para la resolución pacífica de conflictos y evitar cualquier tipo de violencia.

  • Educación Primaria: Conocer y apreciar los valores de convivencia, obrar de manera empática, prepararse para el ejercicio activo de la ciudadanía y respetar tanto los derechos humanos como el pluralismo propio de una sociedad democrática.

  • Educación Secundaria Obligatoria (ESO): Asumir responsablemente los deberes, conocer y ejercer los derechos en el respeto a los demás, practicar la tolerancia y la cooperación, y apreciar los derechos humanos como valores comunes de una sociedad plural.

  • Bachillerato y Formación Profesional: Ejercer la ciudadanía democrática desde una perspectiva global y adquirir una conciencia cívica responsable —inspirada por los valores constitucionales y los derechos humanos— que fomente la corresponsabilidad en la construcción de una sociedad justa y equitativa.


Conclusión: libertad en el «cómo», rigor en el «qué»

En resumen, como docentes, contamos con un amplio margen de maniobra para contextualizar el currículum: podemos y debemos adaptar la metodología, la distribución temporal, la profundidad y las vías de inclusión educativa. Es ahí donde reside el verdadero valor de nuestro trabajo.

Pero no tenemos la competencia, ni la visión sistémica completa, para decidir de forma aislada el qué impartir. La sugerente propuesta de Sergio Parra es perfectamente válida y aplicable a muchos ámbitos sociales, pero, en aras de la equidad y del buen funcionamiento del sistema, no es trasladable a la educación formal.


Feliz finde.

Raül

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