La semana pasada compartí contigo mis anotaciones de las tres primeras partes del libro La tabla rasa de Steven Pinker. Si te lo perdiste, te recomiendo empezar por ahí para tener el contexto completo: Nacemos o nos hacemos: mi viaje por la tabla rasa.
Hoy, tal y como te prometí, cierro el círculo abordando las tres partes restantes del libro y termino con una reflexión global que, espero, nos ayude a entendernos un poco mejor a nosotros mismos y a nuestros estudiantes o hijos.
Vamos al lío.
4. Conócete a ti mismo: realidad y limitaciones
En esta sección, Pinker nos invita a tocar tierra. Destaca la importancia vital de basar nuestras creencias y decisiones en una comprensión realista de la naturaleza humana. Esto implica un ejercicio de humildad: reconocer nuestras limitaciones y trabajar con ellas, en lugar de contra ellas.
Este capítulo explora nuestras fronteras cognitivas y emocionales. Pinker argumenta que aceptar estas limitaciones no es pesimismo, sino pragmatismo: solo así podemos diseñar mejores políticas e instituciones educativas.
«Así pues, los niños, lejos de ser receptáculos vacíos o aprendices universales, están equipados con una caja de herramientas llena de utensilios para razonar y aprender de determinadas formas, y hay que saber emplear esos utensilios para dominar problemas para los que no fueron diseñados.»
Steven Pinker
La escuela, por tanto, tiene una misión clara. No se trata de llenar un vacío, sino de proporcionar nuevas herramientas que la biología no nos dio de serie:
«El remedio evidente a las trágicas carencias de la intuición humana en un mundo de alta tecnología es la educación. Y esto señala unas prioridades para la política educativa: proporcionar a los alumnos las herramientas cognitivas que sean más importantes para comprender el mundo actual y que menos se parecen a las herramientas con las que nacieron.»
Steven Pinker
Las múltiples raíces de nuestro sufrimiento
Pinker examina las fuentes del sufrimiento humano (biológicas, psicológicas y sociales) y argumenta que una comprensión profunda de sus causas es la única vía para mitigarlo.
Aquí introduce un concepto que me parece fascinante y muy aplicable a los grupos de trabajo en los claustros o en el aula: la holgazanería social. Este fenómeno ocurre cuando las personas, al formar parte de un grupo, «tiran menos de la cuerda», aplauden con menos entusiasmo o aportan menos ideas, a menos que sientan que su contribución individual está siendo evaluada.
«Sin la posibilidad de sufrir, lo que tendríamos no sería una dicha armoniosa, sino que, al contrario, careceríamos del miedo completo de conciencia.»
Steven Pinker
El animal moralista
La moralidad no es una invención cultural etérea; es intrínseca a nuestra naturaleza. Comprender sus raíces evolutivas nos ayuda a abordar dilemas éticos con mayor solvencia.
«Las buenas razones para una postura moral no salen de la nada: siempre tienen que ver con lo que beneficia o perjudica a las personas, y se asientan en la lógica de que debemos tratar a los demás como exigimos que se nos trate.»
Steven Pinker
Sobre este tema ya profundicé al resumir el maravilloso libro de Pablo Malo, Los peligros de la moralidad. Si te interesa, puedes recuperar esos artículos aquí: Parte 1 y Parte 2.
5. Temas candentes: política, violencia y género
Entramos en el terreno pantanoso. Pinker no rehúye los temas polémicos; al contrario, aplica la lente de la psicología evolutiva para intentar explicarlos.
«Los debates morales, lejos de resolver las hostilidades, los pueden agravar, porque cuando las personas del otro bando no capitulan de inmediato, sólo se demuestra que no se las puede hacer entrar en razón.»
Steven Pinker
La Política: ¿izquierda o derecha?
Pinker sugiere que nuestras inclinaciones políticas tienen raíces profundas. Históricamente, el marxismo (izquierda) se asocia con la tradición sociológica y la perfectibilidad humana, mientras que el conservadurismo de mercado (derecha) se asocia con la tradición económica y una visión más trágica o limitada del ser humano.
«Las tradiciones son la mano muerta del pasado, el intento de gobernar desde la tumba.»
Steven Pinker
El autor plantea una tesis provocadora: las ideologías tradicionales se configuraron antes de que supiéramos qué es un gen o una neurona.
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La izquierda tiende a creer en la perfectibilidad humana, pero choca con la realidad de que provenimos de los animales (interés propio, dominio).
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La derecha entiende mejor los incentivos económicos, pero el etnocentrismo y el conservadurismo rígido pueden llevar a desigualdades injustificadas.
Sin embargo, hay esperanza en la síntesis. Economistas como Bowles y Gintis sugieren que las personas no son ni hormigas altruistas ni monstruos avariciosos. La gente se opone al bienestar indiscriminado no por egoísmo, sino por un sentido innato de justicia recíproca: nos gusta cooperar, pero castigamos a quien se aprovecha del sistema (el "gorrón").
«Los alineamientos políticos tradicionales deberían cambiar a medida que descubrimos más cosas sobre los seres humanos. [...] ¿Por qué tienen que basarse en teorías que llevan trescientos años de desfase?»
Steven Pinker
La Violencia: no es una enfermedad, es una estrategia
Pinker nos enfrenta a una verdad incómoda: la violencia forma parte de la humanidad. No es una patología externa que nos invade, sino el resultado de dinámicas de organismos racionales que buscan su propio interés en entornos sin protección.
Aquí entra en juego el Dilema del pacifista:
«Lo que es bueno para uno (la beligerancia) es malo para ambos, pero lo que es bueno para los dos (el pacifismo) es inalcanzable si ninguno puede estar seguro de que ésa sea la opción del otro.»
Steven Pinker
Para desactivar esta lógica evolutiva de la violencia, necesitamos:
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(1) Someternos al imperio de la Ley (un tercero neutral que ostenta el monopolio de la fuerza).
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(2) Buscar salidas donde todas las partes cedan sin perder prestigio.
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(3) Reconocer nuestra capacidad de autoengaño.
Negar que la violencia es parte de nuestra naturaleza (el mito del Buen Salvaje) nos impide tomar medidas efectivas para sofocarla.
El género y el feminismo
Este es quizás el capítulo donde Pinker establece distinciones más afiladas. El autor diferencia entre dos tipos de feminismo:
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(1) Feminismo de equidad: De tradición liberal y humanista. Busca la igualdad moral y legal, combatiendo la discriminación. No entra en debates sobre biología.
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(2) Feminismo de género: Asociado al constructivismo social. Sostiene que las diferencias entre sexos son exclusivamente construcciones sociales y que las interacciones humanas se explican por dinámicas de poder entre grupos (hombres vs. mujeres).
Pinker defiende el primero y critica el segundo cuando este niega la biología. Argumenta que reconocer diferencias biológicas promedio no justifica la discriminación, pero ignorarlas puede llevar a diagnósticos erróneos.
Un ejemplo controvertido que cita es el de la violencia sexual. Pinker critica la idea de que "«a violación no es sexo, sino solo poder». Argumenta que, aunque es un crimen horrendo, tiene componentes vinculados a la sexualidad masculina desadaptada. Ignorar esto, según él, desprotege a las mujeres al ofrecer consejos poco realistas sobre la prevención de riesgos.
«El feminismo como movimiento a favor de la igualdad política y social es importante, no así el feminismo como camarilla académica entregada a doctrinas excéntricas sobre la naturaleza humana.»
Steven Pinker
Los hijos: ¿cuánto influyen realmente los padres?
Para mí, como docente y padre, este es el apartado más revelador y el más disonancia cognitiva me causó. Pinker resume «Las tres leyes de la genética conductual», que desafían nuestra intuición:
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(1) Todos los rasgos conductuales son parcialmente hereditarios.
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(2) El efecto de criarse en la misma familia (ambiente compartido) es menor que el efecto de los genes.
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(3) Una gran parte de la variación no se explica ni por genes ni por familia (es el ambiente exclusivo).
En resumen:
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Genes: 40-50%
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Familia (ambiente compartido): 0-10%
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Entorno exclusivo (amigos, experiencias propias, azar): 40-50%
Esto es un jarro de agua fría para la hiperpaternidad: «Todas estas diferencias entre los padres y los hogares no tienen unos efectos previsibles a largo plazo en la personalidad de sus hijos».
Sin embargo, Harris (citada por Pinker) nos da la clave para no caer en el nihilismo educativo. ¿Por qué debemos tratar bien a nuestros hijos si no podemos esculpir su personalidad?
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(1) Porque tenemos la responsabilidad ética de hacer su infancia feliz (tenemos el control de su presente, no de su futuro).
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(2) Para mantener una relación de calidad con ellos, igual que haríamos con un amigo o una pareja.
Las Artes
Aunque en mis notas originales este apartado aparecía en blanco, no quería dejar de mencionar la visión de Pinker. Para él, el arte no es necesariamente una adaptación evolutiva directa (como el lenguaje), sino más bien una «tarta de queso para la mente»: una tecnología que hemos desarrollado para presionar nuestros botones de placer biológico (patrones visuales, armonías auditivas, narrativas de chismorreo social). El arte nos define porque explota magistralmente nuestros sentidos y emociones innatas.
6. La voz de la especie: reflexión final
Cierro el libro con una idea esperanzadora.Aceptar que existe una naturaleza humana no nos limita; nos conecta. Reconocer que compartimos una «voz de la especie» es lo que nos permite disfrutar de la literatura de hace siglos o empatizar con personas de culturas antípodas.
La gran conclusión: No nacemos con una tabla rasa. Somos una interacción compleja y fascinante entre herencia y medio. La cultura es esencial, pero solo es posible porque nuestro cerebro biológico está diseñado para crearla y consumirla.
Como educadores y como personas, el mensaje es claro: se trata de aceptar cómo somos realmente, para así poder trabajar eficazmente en ser mejores.
Feliz finde
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Imagen destacada generada con IA

Planteados todos los debates de manera dicotómica se llega a tres soluciones, una, otra o la que está en el centro. Dada la naturaleza compleja de los seres humanos, seguramente solo se pueden establecer tendencias estadísticas ya que los humanos somos genuinamente parecidos y distintos al mismo tiempo. Los debates que plantea Pinker no tienen una respuesta definitiva, aunque agitan la conversación. Esto es bueno si no se talibaniza la conversación y sobre todo si se atiende a cada persona de manera individual y genuina.