Del importante psicólogo suizo Jean Piaget ya he escrito en alguna ocasión. AQUÍ una pequeña reseña a diferentes modelos educativos y AQUÍ una comparativa con Vygotsky.

En la entrada de hoy estableceré cierta relación/confrontación entre una de las interpretaciones de Piaget y los “recientes” hallazgos de la neurociencia. Idea que me viene de la lectura del recomendable libro La vida secreta de la mente de Mariano Sigman.

Teoría del desarrollo cognoscitivo de Piaget.

Piaget es uno de los principales defensores del cognitivismo y el constructivismo. Afirma que el aprendizaje se produce a través de la experiencia, pero no como un traslado de la realidad (conductivismo), sino como una interpretación de la misma.

Para este famoso psicólogo suizo el desarrollo cognoscitivo sigue una secuencia invariable que precede al aprendizaje. Afirma que el desarrollo cognoscitivo supone cambios en la capacidad de las personas para razonar sobre su mundo, estableciendo las siguientes etapas:

Etapa sensoriomotriz.

Piaget nombró a la primera etapa del desarrollo cognoscitivo, periodo sensoriomotor porque implica que las niñas y los niños responden por medio de la actividad motora a los diversos estímulos que se le presentan.

En esta etapa es de suma importancia conocer cómo el recién nacido se desenvuelve en un mundo completamente extraño para él, es decir, buscar que reacción mental puede presentar cuando los sentidos y las acciones comienzan a jugar un papel fundamental desde que nace hasta aproximadamente los dos años de edad.

Los bebés buscan generar una interacción a través de sonidos que representan una conducta intencional, es decir, imitan y simulan el sentimiento de estar feliz o tristes. Por ejemplo, un niño se acostumbra a sonar el sonajero porque sabe que genera un ruido, y esto podría entretenerlo. Es por eso, que Piaget descubrió la reacción del mecanismo de aprendizaje rápido, que consistía en tres formas de evolución:

  • Está centrada el organismo del niño
  • Implica el manejo de objetos
  • El descubrimiento de nuevos elementos que le generan interés y hasta satisfacción a los bebés.

El experimento “A no B”.

Tal vez el experimento “A no B” sea de los más conocidos de Piaget. Veamos:


Sobre una mesa hay dos servilletas (A y B), una a cada lado. Un bebé de diez meses se le muestra un objeto que luego se cubre bajo la primera servilleta (la “A”). El bebé encuentra el objeto sin ninguna dificultad.

La segunda parte del experimento empieza de manera idéntica. Al mismo bebé de diez meses se le muestra un objeto que luego se cubre bajo la servilleta “A”. Pero antes de que el bebé haga nada, el experimentador cambia el objeto y lo ubica bajo de la otra servilleta (la “B”), asegurándose que el bebé haya visto el cambio. Aquí sucede lo extraño:

El bebé levanta la servilleta donde había sido escondido el objeto en primer lugar, como si ignorara el cambio que acababa de observar.


Piaget concluyó que los bebés de esa edad todavía no entienden de manera abstracta y plena la permanencia de objetos. Para el psicólogo suizo, los bebés de 10 meses no entienden en profundidad que el objeto no deja de existir.

La neurociencia desmonta el planteamiento de Piaget.

La psicóloga y neorocientífica Adele Diamond hizo un trabajo exhaustivo y meticuloso siguiendo el desarrollo fisiológico, neuroquímico y de habilidades ejecutivas durante el primer año de vida. Diamond encontró que hay una relación precisa entre algunos aspectos del desarrollo de la corteza frontal y la capacidad que los bebés tienen para resolver el experimento “A no B” de Piaget.

Manipulando todas las variables en el experimento de Piaget, Adele Diamond pudo demostrar que el engranaje clave que impide resolver esta tarea a los bebés radica en su incapacidad de inhibir la respuesta que ya tiene preparada.

Esta reconocida neurocientífica afirma que el desarrollo cognoscitivo no es la mera adquisición de nuevas habilidades y conocimientos. Un factor clave de ese desarrollo es aprender a inhibir hábitos que impiden expresar lo que ya se conoce. Esta conclusión cuadra totalmente con el cognitivismo y els constructivismo y desmonta la propuesta conductivista.

A los 10 meses los bebes no pueden evitar la tentación de llevar el brazo hacía donde ya habían planificado, aún cuando entienden que el objeto que desea alcanzar ha cambiado de lugar. Este hecho está relacionado con una inmadurez de la corteza frontal en circuitos y moléculas que manejan el control inhibitorio.

Es la mirada lo que permite llegar a la conclusión de Adele Diamond. Mientras los bebés dirigen el brazo hacía el lugar equivocado, miran decididamente hacia el lugar correcto. La mirada y las manos apuntan a lugares distintos. La mirada denota que saben dónde está el objeto, pero las manos no pueden inhibir el reflejo equivocado. En este caso, al igual que otros tantos, la diferencia entre un bebé y un adulto no es lo que conocen o dejan de conocer, sino cómo pueden actuar a partir de ese conocimiento. Se trata por tanto del desarrollo de la función ejecutiva de nuestro cerebro.

El sistema ejecutivo.

El sistema ejecutivo gobierna, controla y administra todos nuestros procesos mentales. Establece planes, resuelve conflictos, maneja el foco de nuestra atención e inhibe algunos reflejos y costumbres. La capacidad de gobernar nuestras acciones depende de la integridad del sistema de función ejecutiva.

Imagen de ElisaRiva en Pixabay

La corteza frontal está muy inmadura en los primeros meses de vida y se desarrolla de manera lenta, mucho más que otras regiones cerebrales. Por eso los bebés solo pueden expresar versiones muy rudimentarias de las funciones ejecutivas.

Por tanto, según la neurociencia, la interpretación de Piaget no es adecuada, siendo la explicación más plausible que los bebés saben que el objeto cambió de lugar pero no pueden utilizar esa información. Tienen un control muy volátil de sus acciones. Los bebés de 10 meses no tienen desarrollado el control inhibitorio y por tanto no pueden controlar algo que ya habían planificado hacer.

¿Puede acelerarse el desarrollo de nuestro sistema ejecutivo cerebral? Piaget afirma que no. Vygostky asegura que sí. ¿Quién de los dos tendrá razón? ¿Qué nos dice la neurociencia de ésto?

Las respuestas a estas preguntas las dejamos para una futura entrada.

Feliz miércoles,

Raül

Imagen destacada de Holdentrils from Pixabay

 

 

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