Podría ser la influencia de la IA o, tal vez, mi contexto más personal. La cuestión es que no sé con total certeza el motivo, pero los últimos meses he puesto el foco en aprender a pensar mejor. Aunque en verano me tomé un pequeño descanso, del que ya te escribí la semana pasada, mis recientes lecturas se han centrado en libros como:

Ahora tengo entre manos una obra que me está gustando especialmente:

Todavía no he terminado el libro, pero hoy me apetece compartir contigo mis anotaciones de su primera parte. Vamos al lío...


Introducción y estructura

Me parece tremendamente oportuna y acertada la sinopsis del libro, y teniendo en cuenta su extensión, te la traslado tal y como se escribe:

En nuestra vida cotidiana, preferimos la comodidad de la convicción a la incomodidad de la duda y preferimos escuchar las opiniones que nos hacen sentir bien a las ideas que nos obligan a reflexionar. Vemos el desacuerdo como una amenaza personal, en lugar de una oportunidad para aprender, y nos rodeamos de gente con la que estamos de acuerdo, cuando deberíamos acercarnos a quienes ponen en duda nuestras certezas.

Pensamos como predicadores que defienden creencias sagradas o como políticos en campaña que buscan la aprobación de los demás, pero no como científicos en busca de la verdad.

Este libro trata del valor de reconsiderar las cosas. Muchas veces, consideramos que la inteligencia es la capacidad de pensar y aprender. Pero en un mundo tan cambiante como el actual hay habilidades cognitivas más importantes: la capacidad de repensar y de desaprender.

Porque la inteligencia no es la solución. Y tal vez sea una maldición: es posible que quienes son buenos pensando sean malos repensando; que cuanto más brillantes seamos, más ciegos estemos ante nuestras limitaciones.

El psicólogo Adam Grant es un experto en abrir las mentes de los demás. Su consejo: habla como si tuvieras razón y escucha como si estuvieras equivocado. Este libro explica cómo.

La obra de Grant se estructura en tres grandes bloques y un espacio para la reflexión (la conclusión). En el primer bloque (Reconsideraciones iniciales), sobre el que te escribo hoy, se nos propone abrir nuestra mente. En el segundo bloque (Reconsideraciones interpersonales) el autor comparte estrategias para ayudar a otras personas a abrir su mente. El tercer bloque (Reconsideraciones colectivas) se centra en crear comunidades de aprendizaje vitalicias.

El autor afirma, y yo estoy totalmente de acuerdo, en que en general preferimos la comodidad de aferrarnos a nuestros viejos puntos de vista antes que asumir la dificultad de esforzarnos por encontrar nuevos. Posiblemente esta postura se base en el sentimiento de amenaza hacia nuestra identidad. Cambiar nuestras creencias puede interpretarse, inconscientemente, como si estuviéramos perdiendo una parte de nosotros.

En muchos casos estamos dispuestos a reconsiderar aspectos materiales, como, por ejemplo, renovar la ropa, la cocina, el coche..., pero nos cuesta mucho renovar nuestros conocimientos y opiniones. En general, preferimos la comodidad de la convicción a la incomodidad de la duda.

Nos reímos de las personas que aún utilizan Windows 95, pero nos aferramos a las opiniones que nos formamos en aquel año 1995. ADAM GRANT

Comparto mis anotaciones y reflexiones de la primera parte del libro: Reconsideraciones iniciales. Actualizar nuestro punto de vista.


Predicador, fiscal, político y científico

Nos sentimos orgullosos de nuestros conocimientos y de nuestra experiencia. En general pensamos que permanecer fieles a nuestras creencias y opiniones es un signo de coherencia e integridad personal. Ahora bien, el mundo cambia a toda velocidad y, tal vez, sea necesario dedicar tiempo a pensar y reconsiderar.

Grant afirma que cuando hablamos y pensamos imitamos la actitud de tres profesionales:

  • El predicador. Se trata de un comportamiento que activamos cuando nuestras creencias más sagradas se ven amenazadas. Soltamos sermones para proteger y promover nuestros ideales.

  • El fiscal. Postura que adoptamos cuando detectamos puntos débiles en el proceso de razonamiento del resto de personas. Reunimos los argumentos necesarios para demostrar que se equivocan y ganar el caso.

  • El político. Lo utilizamos cuando queremos ganarnos al público. Hacemos campaña y movemos los hilos necesarios para obtener la aprobación de la audiencia.

Si reflexionas, seguro que te verás en varios escenarios actuando en cualquiera de estos tres roles.

El autor nos plantea, como alternativa más saludable, actuar como un científico. Este rol busca la verdad a través de experimentos que permiten comprobar hipótesis y obtener conocimientos. Con el modo científico nos negamos a convertir las ideas en ideologías. Es un enfoque que prefiere la humildad al orgullo, la duda a la certeza y la curiosidad al cierre.

La capacidad intelectual no garantiza la destreza mental. Por más inteligencia que tengas, si careces de unos buenos motivos para cambiar de opinión, vas a perder muchas oportunidades de pensar las cosas otra vez. [...] Ser bueno a la hora de pensar puede convertirte en alguien mucho menos brillante cuando llega el momento de reconsiderar». ADAM GRANT

El autor resalta dos sesgos como los más relevantes para explicar nuestra resistencia al cambio:

  • El sesgo de confirmación, es decir, ver lo que esperamos ver.

  • El sesgo de deseabilidad: ver lo que queremos ver.

La finalidad del aprendizaje no es confirmar nuestras creencias; es lograr que esas creencias evolucionen. ADAM GRANT

Adam Grant nos anima a tener más curiosidad intelectual y amplitud de miras. Afirma que reconocer nuestras limitaciones y abrir la puerta a las dudas nos conduce a nuevos conocimientos, los cuales nos ayudan a mantener la humildad y a reforzar la idea de que todavía nos queda mucho por aprender.

«Si la información es poder, saber lo que no sabemos es sabiduría». ADAM GRANT


El punto óptimo de confianza

El grado óptimo de confianza se encuentra entre el que cree que tiene más competencia de la que realmente tiene (quarterback de salón) y el que cree que tiene menos confianza de la que realmente tiene (síndrome del impostor).

Es importante tener en cuenta el efecto Dunning-Kruger; es decir, cuando no tenemos las competencias necesarias somos mucho más propensos a tener más confianza de la que deberíamos tener. No debemos perder de vista tampoco que, a medida que acumulamos experiencia, perdemos parte de nuestra humildad porque tenemos una falsa sensación de maestría. Podemos caer en una burbuja errónea en la que ignoramos nuestra propia ignorancia.

La arrogancia es la suma de la ignorancia y la convicción. Mientras que la humildad es un filtro permeable que absorbe las experiencias de la vida y las convierte en conocimiento y sabiduría, la arrogancia es como un escudo de goma contra el que esas mismas experiencias no hacen más que rebotar». TIM URBAN

El autor concluye que el punto óptimo de confianza es el que permite tener confianza en tu capacidad de conseguir el objetivo en el futuro, mientras conservas la humildad para cuestionarte si dispones de las herramientas adecuadas en el momento presente.

Tener dudas y sentirnos «impostores» nos puede aportar la motivación necesaria para trabajar más y mejor y, además, mejorar nuestra capacidad de aprendizaje.


El placer de equivocarse. La emoción de no creerte todo lo que piensas

Grant afirma que cuando una idea perdura en el tiempo, necesariamente no es porque sea verdadera; más bien es porque nos resulta interesante. A su vez, lo que hace que una idea sea interesante es su capacidad para cuestionar nuestros puntos de vista más frágiles.

Ahora bien, si alguna persona cuestiona nuestras creencias más básicas, se activa la amígdala (cerebro reptil) y tendemos a cerrar la mente en lugar de abrirla (ego totalitario). Se paraliza nuestro raciocinio.

Deberíamos disfrutar cuando descubrimos que estamos equivocados, porque esto significa que ahora estamos menos equivocados que antes y somos un poco más sabios. Y es que equivocarse es la única forma de estar seguro de que has aprendido algo. Para tener esta actitud, es necesario no tener apego por nuestras creencias e ideas. Tenemos que aprender a cambiar con facilidad, a distanciarnos de nuestras ideas.

Para reducir el apego a nuestras creencias podemos utilizar dos técnicas:

  • Separar el presente del pasado.

  • Desvincular las opiniones de la identidad. Quién somos tiene que ser una cuestión de valores, no de creencias ni de opiniones. Recuerda que los valores son los principios básicos que se siguen en la vida: excelencia, libertad, justicia...

Hacer lo posible por no creerse todas las ideas que entran en tu cabeza es una señal de sabiduría. Del mismo modo, evitar interiorizar todos los sentimientos que entran en nuestro corazón es una señal de inteligencia emocional.

Grant nos recomienda considerar que todas nuestras opiniones sean provisionales.

¡Cuando cambian los hechos, tenemos que cambiar las opiniones!


La psicología del conflicto constructivo

Por regla general, el conflicto relacional (terreno personal y emocional) es negativo para el rendimiento, pero una dosis de conflicto funcional (el que aporta otros puntos de vista) podría ser beneficiosa. Los conflictos funcionales se relacionan con más creatividad y elecciones más inteligentes.

«La ausencia de conflicto, más que armonía, es apatía».

Adam Grant referencia un análisis que demuestra que los niños y niñas que viven en el seno de una familia que sabe discrepar de manera constructiva se sienten emocionalmente más seguros durante la escuela primaria y, en los años posteriores, demuestran más amabilidad y compasión hacia sus compañeros de clase.

En este capítulo se recuerda que la complacencia busca la armonía social, pero no el consenso cognitivo. Discutir con alguien no es una falta de respeto; es todo lo contrario: significa que se da valor a las opiniones de la persona con quien se discute. Si sus opiniones no importaran, no se perdería el tiempo discutiendo.

El autor nos propone iniciar la disputa con la pregunta: «¿Podemos debatir?». De este modo transmitimos el mensaje de que queremos actuar como un científico (no como un predicador, un fiscal o un político).

Por último, hay que tener en cuenta que es más fácil debatir sobre el cómo que sobre el por qué. Debatir sobre el por qué tiene más carga emocional y ya sabes...

Hasta aquí llega el artículo de hoy.


Feliz finde.

Raül

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Texto escrito por mí. He empleado la IA únicamente para la imagen principal, la corrección ortotipográfica y la organización de las ideas

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