Nassim Nicholas Taleb, el célebre «empirista escéptico» y autor de obras como El cisne negro o Antifrágil, utiliza a menudo la narrativa para explicar conceptos complejos sobre la incertidumbre. Hoy no pretendo resumir sus libros ni profundizar en su densidad filosófica, sino rescatar una de las historias que narra en sus obras.

Esta historia me sirve de espejo para explicar cómo entiendo la flexibilidad y la adaptabilidad en las programaciones didácticas. Empecemos por el principio.


El lecho de Procusto: cuando la realidad estorba

En la mitología griega, Procusto era el dueño de una posada con una peculiar hospitalidad. Tras una cena generosa, invitaba a sus huéspedes a descansar en una cama «especial». El problema era que la cama tenía una medida fija e innegociable.

Si el invitado era más alto que el lecho, Procusto le serraba las piernas para que encajara. Si era más bajo, le estiraba las extremidades violentamente hasta alcanzar la medida exacta. Procusto no buscaba el confort del viajero; buscaba que el viajero se ajustase, a cualquier precio, a su molde.


El error de confundir el mapa con el territorio

En el ámbito educativo, corremos el riesgo de convertirnos en Procusto cada vez que intentamos que la realidad del aula se doblegue ante nuestra planificación previa. Como suelo repetir en mis libros sobre programación: «Confundir los planes con la realidad o, peor aún, pretender que la realidad se adapte a los planes, es un error que debemos evitar».

Es fundamental comprender que el mapa no es el territorio. Nuestra programación es una representación parcial de lo que esperamos que suceda, pero solo conocemos una pequeña fracción de la realidad cambiante de cada grupo. Por tanto, el objetivo no es forzar a nuestro alumnado a encajar en un documento estático, sino disponer de una planificación que nos permita responder con agilidad a lo que sucede en el día a día.


Planificar no es adivinar, es prepararse

Ahora bien, no debemos confundir la flexibilidad con la improvisación o la falta de rigor. La planificación previa es necesaria y, además, es una responsabilidad ética y profesional. La programación didáctica es la herramienta que dota de estructura a nuestra labor docente.

De hecho, programar es inherente a cualquier profesión de éxito. El profesorado necesita planificar no solo por imperativo legal, sino para alejarse del puro intuicionismo y aportar solidez a su práctica. La clave está en decidir qué nivel de detalle es útil y con qué margen de maniobra vamos a trabajar.


El futuro no sigue instrucciones

Yo decido «qué» hay que hacer y «cómo» hacerlo para avanzar, pero mi control sobre el futuro es limitado. De forma coloquial, podríamos decir que al futuro le traen sin cuidado nuestros planes.

Para ser docentes efectivos, debemos abandonar el paradigma de «el futuro será como yo quiera que sea» para abrazar uno más honesto: «el futuro será como le dé la gana ser». Una vez interiorizamos esto, nuestra actitud cambia. Ya no nos frustramos cuando el plan falla; nos adaptamos porque entendemos que la programación es un trabajo de tipo heurístico: la información nunca está completa y el entorno es incierto.


Del documento anual a la programación de aula

Una buena programación debe ser un organismo vivo, adaptativo e iterativo. Esto significa trabajar con prototipos que se revisan y actualizan según la información que recibimos de nuestro alumnado.

La propuesta, que se desarrolla extensamente en los tres libros sobre programaciones didácticas, es la siguiente:

  • (1) Mantener una Programación Didáctica anual rigurosa en diseño, pero abierta y flexible.

  • (2) Aterrizar esa visión en la Programación de Aula, con ciclos temporales cortos (semanales o quincenales) que permitan la concreción real y el ajuste a los imprevistos.

Solo así evitaremos el lecho de Procusto y pondremos la planificación al servicio de las personas, y no al revés.


Feliz finde

Raül

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