En ESTA ENTRADA publiqué el primero de una serie de post a través de los cuales reflexionaré respecto del libro ¿Cómo aprendemos? Una aproximación científica al aprendizaje y la enseñanza, de Héctor Ruíz Martín.

Como los post anteriores de esta serie, quiero resaltar mi más sincera enhorabuena a Héctor Ruíz. Lo que leerás en esta serie de post serán anotaciones e interpretaciones personales. Puedes tomarlas como pequeños resúmenes, pero te recomiendo que te dirijas a la fuente, bien antes de leer mis resúmenes/interpretaciones o bien después, pero no dejes de tener un ejemplar de ¿Cómo aprendemos? en tu librería. En ningún momento pretendo que mi sesgo cognitivo condicione tu interpretación del libro.

En los post anteriores de esta serie escribí sobre “La ciencia de cómo aprendemos“, y “Los procesos cognitivos del aprendizaje (primer y segundo bloque).

Empiezo con la cuarta entrega…


El papel de las emociones en el aprendizaje.

Las emociones pueden hacer que una experiencia de aprendizaje resulte más o menos memorable, con independencia del tiempo o esfuerzo que se invierta. Además, el impacto de esta emoción y más concretamente su memorabilidad puede verse afectada:

  1. De forma positiva, cuando se intensifican los recuerdos de aquello que se quiere enseñar o aprender.
  2. De forma negativa, cuando la atención se desvía hacía pensamientos superfluos (por ejemplo cuando se tiene miedo a hacer el ridículo).

Pero ¿Qué son las emociones? Shuman y Scherer las definen como las respuestas conductuales y fisiológicas que nuestro organismo ofrece de manera automática ante determinados estímulos, externos o internos, que se perciben como una amenaza o una oportunidad. Las emociones ocurren de forma automática e involuntaria, y se activan muy rápidamente, incluso antes de que nos percatemos del estímulo que las ha producido. Las emociones también tratan de tomar el control de nuestra conciencia para promover conductas: huir, luchar, paralizarnos, acercarnos,…

La interpretación y racionalización que hacemos de las emociones cuando tratamos de explicarlas y darles sentido es lo que denominamos sentimientos. En esta categorización influye, y mucho, el medio social y cultural.

La hipótesis más sencilla propone cuatro emociones básicas y explica todas las demás por combinación de estas:

¿Cómo modula la emoción el aprendizaje y la memoria?

Los momentos de gran emotividad no son más inmunes al olvido que otros momentos moderadamente emotivos, pero provocan la ilusión de recordarse mejor. En cualquier caso, es evidente que cuando un evento genera emociones, se recuerda mejor que cuando no lo hace. La causa de este fenómeno podría ser que la emoción suscitada por un estímulo emocional provoca que le prestemos mucha atención, por lo que, en consecuencia, lo recordamos mejor. Ante estímulos emocionalmente intensos el cerebro focaliza su atención en ellos e ignora aquello que los rodea. Ante un estímulo emocional fuerte, se activa una región de nuestro cerebro (la amígdala) que puede modular la región cerebral implicada en la formación de la memoria explícita (el hipocampo). Así, la amígdala envía señales al hipocampo que potencian su capacidad de codificar y consolidar las experiencias que esté procesando. En cualquier caso:

Las emociones fuertes suelen obstaculizar la obtención del tipo de aprendizajes que se persiguen en la escuela.

En cambio:

Los estados emocionales de intensidad moderada, en concreto la sorpresa y la curiosidad, sí evidencian efectos positivos sobre el aprendizaje escolar.

Situaciones fuera de lo rutinario (sorpresas que no supongan un sobresalto, como por ejemplo: un cambio de aula, una clase impartida por otro docente,…) suponen un efecto potenciador del aprendizaje, también antes y después de la propia sorpresa. Por otro lado, la curiosidad incrementa la capacidad de recordar lo que se percibe en ese momento.

El efecto intensificador de la memoria provocado por los estados emocionales intensos influye básicamente en nuestros recuerdos episódicos (memoria episódica o autobiográfica), pero no tanto en la memoria semántica (la que guarda nuestros conocimientos), que es la que interesa fortalecer en las escuelas. Por ello, cuando los estudiantes hacen alguna actividad “emocionante” en clase, al día siguiente suelen recordar lo que sucedió durante la lección, pero apenas nada sobre lo que se supone que debían aprender. Incluso las emociones fuertes pueden provocar carga cognitiva ajena, es decir, distracciones y dificultades para concentrarse en el objeto de aprendizaje. Por tanto:

Las emociones de intensidad moderada son las que tienen un mayor impacto de aprendizaje.

Los retos a los que se enfrenta el alumnado en el proceso de enseñanza y aprendizaje, así como las interacciones con sus compañer@s de clase, modulan en todo momento su estado emocional, y por tanto influirán sobre su aprendizaje y su rendimiento.

Todas las emociones (positivas y negativas) pueden resultar beneficiosas para el aprendizaje siempre y cuando se mantengan en un nivel arousal moderado y en un período de tiempo corto, es decir, intensidad moderada y corta duración.

Imagen de Stefan Keller en Pixabay


La motivación.

La motivación es un estado emocional que nos impulsa a aprender y mantener una conducta con un objetivo determinado. Es una predisposición a la acción en un dirección concreta. Los docentes debemos fomentar la motivación de nuestro alumnado con el fin de conseguir unos objetivos educativos, siendo en todo momento conscientes que el objetivo no es la propia motivación. Es decir, la motivación NO es el fin en si mismo, sino un medio para alcanzar un fin (los objetivos de aprendizaje).

Por tanto, la motivación siempre se enfoca hacía unas metas u objetivos. Ahora bien, no siempre los objetivos del profesorado coinciden con los objetivos del alumnado.

Los alumnos y las alumnas se sienten motivados cuando valoran lo que aprenden (valor subjetivo del aprendizaje) y cuando creen que son capaces de aprenderlo (expectativas).

Veamos pues cuales son los factores que determinan la motivación:

La motivación y el rendimiento académico mantienen una relación de reciprocidad: la motivación afecta al aprendizaje y al rendimiento; a su vez, lo que el estudiante aprende y logra afecta a su motivación. En realidad, esta causalidad recíproca no es equivalente:

La autoeficacia (medida con que el alumnado se ve capaz de alcanzar una meta de aprendizaje) es importante para alcanzar el éxito, pero el éxito es aún más importante para mantener una autoeficacia elevada.

Es decir, no es suficiente con que el alumnado se vea capaz de conseguir una meta de aprendizaje, sino que además necesita pequeños éxitos (recompensas) que le confirmen que la alcanzará, que va en el buen camino.

Y ¿Cómo podemos incrementar la motivación de nuestro alumnado?

Antes de presentar las posibles estrategias para cada uno de los factores de motivación es muy importante resaltar que NO debemos confundir los divertido (emociones fuertes) con lo interesante (emociones moderadas). Es decir, NO deberíamos plantear la diversión como alternativa al esfuerzo; el alumnado debe disfrutar del esfuerzo, pues éste es importante para optimizar el aprendizaje. 


Inicialmente tenía previsto incluir en un solo post el resumen/interpretación del tercer capítulo (factores socioemocionales del aprendizaje), pero sería un post excesivamente largo, así que dejaré para la próxima entrega “las creencias” y la “dimensión social del aprendizaje”, los dos últimos apartados del tercer bloque del libro ¿Cómo aprendemos?

Feliz miércoles,

Raül

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